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miércoles, abril 30, 2008

«El Juego del Ángel», de Carlos Ruiz Zafón


La principal incógnita que desde un principio rondaba sobre este «Juego del Ángel» consistía en saber si Ruiz Zafón iba a ser capaz de repetir el éxito de «La Sombra del Viento». Les adelanto ya, por si no lo sabían –pues para esto no hace falta leer el libro- que el éxito comercial estaba asegurado antes incluso de que saliera de imprenta. La grandísima expectación creada por su opus magna era la mejor carta de presentación para «El Juego del Ángel». Luego habrá que ver si además está a la altura de las circunstancias, y eso depende más bien de lo exigente o inconformista que sea cada uno. Por mi parte les diré que “casi sí” está a la altura, y en este sentido, otorgarle un “casi sí” no es moco de pavo.

El autor abandona en gran medida las florituras y demás fuegos de artificio que en «La Sombra del Viento» adornaban su prosa haciéndola forzada y fingida (y pretenciosa para muchos). Aquí, salvo escasas excepciones, la palabra fluye sin cesar y el lector se ve atrapado por la narración pasando página tras página a un ritmo vertiginoso.

Con «El Juego del Ángel», Carlos Ruiz Zafón ha demostrado que es capaz -aunque le haya costado 7 años- de repetir el éxito de su anterior novela. Eso es lo que sus fieles lectores más deseaban: una «Sombra del Viento» part. II, y es eso lo que muy inteligentemente les ha ofrecido Ruiz Zafón. El autor se debe a sus lectores, pero también se debe a su propia creatividad. Por eso, tarde o temprano, este barcelonés de 44 años tendrá que demostrar que su creatividad no se agota en lo ya visto, y que es capaz de concebir entornos fascinantes más allá de la Barcelona gótica de primera mitad del s. XX; y crear historias conmovedoras que prescindan de libros misteriosos y amores imposibles.

Pero no le restemos mérito a este autor ya que, por encima de todo, «El Juego del Ángel» consigue hacer disfrutar al lector que es, en definitiva, el objetivo principal de todo escritor; un cometido no siempre fácil de alcanzar.

En cualquier caso, este señor sigue conservando sus buenas maneras a la hora de perfilar personajes y crear entornos fantásticos; maneras aun así no exentas de carencias e incongruencias. En cuanto a los personajes, todos aparecen dotados de una socarronería indeleble, sólo algún secundario resulta despojado de la mordacidad. No sé si se trata de un efecto buscado por Ruiz Zafón, pero es como si todos hablasen con una misma voz, lo cual le hace a uno complicado distinguir las características de cada personalidad.

Respecto a la creación de entornos, vale lo dicho anteriormente. Este autor tiene una facilidad asombrosa para crear en su Barcelona un ambiente gótico y rodeado de un halo de misterio; con algunos inocentes intentos de romanticismo clásico que no llegan a calar. Insisto, estoy deseando que Ruiz Zafón rompa el cascarón y salga del nido cualquier día de estos.

Por lo demás, a pesar de las coincidencias, semejanzas y conexiones inevitables con La «Sombra del Viento», se percibe el intento del autor por desmarcarse de ésta en la medida de lo posible. Así, hay un contraste evidente entre los personajes principales de una obra y otra (aunque ambos manifiestan una aparente inocencia y pureza que parece servir de pretexto al autor para desarrollar sus tramas). Lo que más llama la atención es el brutal contraste entre los padres de Daniel Sempere y de David Martín (este último tiene una infancia horrible con un padre que lo aleja de su pasión por la literatura –todo lo contrario de lo que le sucede a Daniel Sempere- y una madre que lo abandona y lo repudia con una crueldad inhumana).

Estos contrastes premeditados dan buena cuenta de lo calculada que está la novela. De hecho, se percibe una creación compleja, poco intuitiva y muy reescrita y retocada. Pero si dejamos todo esto al margen, teniendo presente que no es una obra perfecta (¿acaso existe la obra perfecta?) y a pesar de las limitaciones del autor, nos debemos dejar llevar por la historia que nos narra. Eso es lo mejor que podemos hacer si lo que buscamos es pasar buenos ratos en compañía de un libro y, este libro precisamente, proporciona muchos y muy buenos ratos (a mí me ha provocado estremecimientos de muy diversa índole, y eso es impagable).

No me cabe la menor duda de que «El Juego del Ángel» recibirá muy buenas y muy malas críticas. No podemos obviarlo, este libro no estaba destinado a pasar desapercibido ni a ser acogido con indiferencia; de modo que habrá partidarios acérrimos pero también encontraremos furiosos detractores. Olvídense de ese circo y caigan en la tentación de leerse la última novela de Carlos Ruiz Zafón y, si gustan, aceptar el reto que propone «El Juego del Ángel».

“El Juego” -–SPOILER--

Me atrevo a pensar que esta novela admite diversas lecturas o, al menos, dos. Si han leído «El Juego del Ángel» les habrá llamado la atención la complejidad que va adquiriendo la trama en sus últimos pasajes. En realidad, esa “complejidad” está presente a lo largo de toda la novela, sólo que aparece camuflada y sólo es evidente en el último tercio del libro. Vamos a ver, esta novela se puede disfrutar igualmente tanto si uno lee únicamente lo que en apariencia hay, como si se adentra en el juego de pistas y despistes, en el laberinto en el que sumerge el autor a quienes voluntariamente aceptamos el pulso.

Quizás a muchos les haya decepcionado el final o lo hayan encontrado inverosímil, irreal, desenfocado... Pónganle ustedes el adjetivo que quieran, pero ese final tiene perfecto sentido dentro de la cabeza de su autor, y tendrá un sentido aproximado para cada lector si se fija en las migas de pan que va dejando Ruiz Zafón a lo largo de la novela (al margen de la importancia de los sueños en esta novela). No desvelaré cuál es el significado que para mí tiene «El Juego del Ángel»; de momento sólo quiero rescatar alguna de esas migas de pan:

1ª El encuentro con Chloé sirve un poco como introducción a las reglas del Juego del Ángel. Ya en la p. 44 queda bien claro que dicho encuentro sólo ha sido tal dentro de la mente de David Martín.

2ª Un marco vacío entre la serie de fotos que hay en las paredes de la entrada de la casa de Corelli en el Park Güell (p. 196). Tengan en cuenta que esa foto que falta es la imagen de Cristina Sagnier niña cogida de la mano de Corelli en el muelle.

3ª Los debates religiosos entre Martín y Corelli no tienen desperdicio (recuerdan mucho –demasiado quizá- a la obra maestra de John Fowles, «El Mago»). Tampoco hay que pasar por alto las conclusiones que David Martín extrae de su lectura de «Lux Aeterna»: “Sólo había un principio y un final, sólo un creador y destructor (...), un único Dios cuyo verdadero rostro estaba dividido en dos mitades: una, dulce y piadosa; la otra, cruel y demoníaca” (p. 220).

4ª Este “Juego” se hace obvio en el incidente en el callejón con los dos jornaleros que intentan violar a Isabella: si no, pongan en conexión el último párrafo de la p. 270 con la conversación entre David Martín y Don Odón en la p. 274.

5ª La pista más definitiva nos la proporciona el inspector Grandes en la p. 612, al decirle a David Martín que el broche del ángel ha estado siempre en su solapa desde que se conocieron.

Y ya está. No les pienso decir nada más, ea!

viernes, febrero 29, 2008

«Juego de Tronos», de George R. R. Martin

Canción de Hielo y Fuego I

No cabe duda que George R. R. Martin es un escritor inteligente, no sé si mucho o sólo bastante; lo único que sé es que ha sido lo suficientemente listo como para explotar su potencial imaginativo y crear una de las sagas más laureadas de la literatura fantástica de los últimos tiempos. Siete libros componen la «Canción de Hielo y Fuego», de los cuales sólo cuatro han sido publicados a fecha de hoy, y únicamente el primero se ha leído un servidor.

Basta con leer las 50 primeras páginas para darse cuenta de que este señor sabe perfectamente lo que se hace, camina con paso firme y seguro en este terreno tan quebradizo que no permite el menor titubeo (por cierto, es recomendable coger con garbo esas 50 ó 60 primeras páginas para sumergirse rápidamente en el contexto, en la fantasía y en el sinfín de personajes que protagonizan esta saga). A partir de ahí, Martin demuestra que es un verdadero maestro a la hora de urdir tramas, subtramas, traiciones que conducen a nuevas tramas, hechos que traen consecuencias inesperadas pero al mismo tiempo inevitables, giros y sorpresas marcadas por el rumbo del honor y el destino…

Precisamente en este aspecto (en el modo de configurar las tramas y desarrollar el argumento) recuerda mucho a Bernard Cornwell y sus «Crónicas del Señor de la Guerra» (digo que recuerda porque la primera novela de la saga Cornwell fue publicada unos meses antes que este «Juego de Tronos») y, en su web, George R. R. Martin no duda a la hora de recomendar a sus lectores la obra de Cornwell para “amenizar” la larga espera de sus siguientes publicaciones.

Pero a diferencia de las «Crónicas…», el mundo de la «Canción de Hielo y Fuego» no se sitúa en ningún contexto histórico identificable. Cierto es que la isla de Poniente es un reflejo de lo que podría ser una Gran Bretaña de mitología y gestas épicas; que los enfrentamientos entre reyes y grandes señores recuerda a la Guerra de las Rosas entre los York y los Lancaster (siglo XV); incluso también es verdad que uno puede llegar a intuir la influencia de Roma o las incursiones de vikingos y mongoles; la mezcla con celtas, normandos y sajones… Pero al mismo tiempo se nos habla de creencias y cultos remotos, de animales prehistóricos y criaturas mitológicas, y de costumbres ancestrales que nos remontan eones y eones atrás, mucho más allá de la Edad Media y la Guerra de las Rosas, hacia lugares y tiempos casi tan recónditos y fantásticos como los de la mitología Tolkiana. Pero es que no se trata, creo yo, de buscar un contexto histórico. Estamos ante una novela de fantasía épica pura y dura, y eso lo dice todo. Inspirada en diferentes momentos de la historia de la humanidad, sí; pero no hay que buscarle tres pies al gato.


Una vez sentadas las reglas del juego, ahora debería hablar un poco del estilo, los personajes, el argumento… Pues a ver, el estilo es correcto, muy correcto y también elegante. Los personajes son francamente carismáticos, todos ellos: los buenos y los malos, los protagonistas y los secundarios; y eso tiene verdadero mérito en una novela en la que vemos pasar medio centenar de personajes perfectamente identificables y memorables.

Y, enlazando con esto, también debo hablarles de la distribución de los capítulos que, sin ser novedosa –Martin no inventa nada que no hayamos visto ya antes- sí que está llevada con grandísimo acierto. Tenemos un narrador en tercera persona que en cada capítulo se pone junto a uno de los personajes protagonistas y nos narra lo que sucede, pero siempre desde la perspectiva del personaje en cuestión. Debo reconocer que al principio no tenía mucha fe en esta forma narrativa, pero lo cierto es que Martin lo hace de tal manera que consigue que los acontecimientos transcurran de modo fluido, sin reiteraciones innecesarias y, para colmo, cada trama te atrapa tanto o más que la anterior.

El argumento. Ya sabéis que para no hacer spoilers prefiero no hablar mucho de ello. Sólo puedo decir que «Juego de Tronos» atrapa como pocos lo hacen. Podéis leer la reseña de la editorial, pero tampoco dice gran cosa, sólo te lleva a pensar que es “más de lo mismo”. Y sí, es más de lo mismo, pero mejor.

Un consejo: no vean la portada de «Choque de Reyes» si aún no han acabado de leer «Juego de Tronos», ya que una simple ilustración es capaz de destriparte el final del primer libro.


Se Acerca el Invierno

Siguiendo con las similitudes entre la saga artúrica de Bernard Cornwell y la que ahora nos ocupa, me puedo imaginar los quebraderos de cabeza que pudo suponerle a Martin ver en la estantería de su librería favorita una novela titulada «El Rey del Invierno». Me imagino también que, por esas fechas (1995), Martin tendría ya muy avanzado su «Juego de Tronos» (seguro que el borrador ya estaba en manos de algún editor). En «Juego de Tronos» juega un papel muy importante la Casa de los Stak, también llamados “los Reyes del Invierno”. E, independientemente de las posiciones geográficas de unas casas y otras, del norte y el sur, etc. el tema del invierno y el lema de “Se Acerca el Invierno” es crucial para el peso del argumento. Por eso, especulo que a última hora, Martin tendría que cambiar el título honorífico de uno de sus personajes de “Rey del Invierno” por “Rey del Norte” (bastante menos coherente con el resto del libro), para no hacerlo coincidir con el título honorífico de Arturo (¿o era de Mordred?) en las «Crónicas…» Repito, es sólo una suposición mía, pero no me parece nada descabellada.

martes, febrero 19, 2008

«El Edificio Yacobián», de Alaa Al Aswany

Esta es una de esas novelas que uno nunca quiere que se acaben. Escrita con gran sencillez, sin pretensiones estilísticas, con un lenguaje directo... Sin duda, uno de esos libros que se leen de un tirón porque, sencillamente, no hay otro mejor modo de leerlo. Aquí, el autor no da rodeos innecesarios porque sabe perfectamente lo que quiere contar y cómo lo quiere contar.

«El Edificio Yacobián», a pesar de ser una completa desconocida para la mayor parte del público (yo tampoco la hubiera conocido de no ser por Hanami), ha recibido numerosos elogios por parte de de la prensa: "Una verdadera obra maestra de la narrativa árabe contemporánea", dice Le Monde. "El Cairo más literario y despiadado", afirma El País. Editada por una editorial pequeña (Maeva), se ha ido haciendo un hueco en el mercado español pese a no contar con toda la parafernaila mediática de las editoriales todopoderosas.

Gran parte de la culpa reside en la magnífica ambientación en la que consigue sumergirnos Al Aswany. Esa recreación de El Cairo de principios de los 90, aderezado con un sutil repaso a su historia reciente y a sus gentes. Pero si por algo me ha gustado esta novela es precisamente por el poderoso carisma que desprenden todos sus protagonistas (y no son pocos los que pululan por sus páginas); incluso el mezquino Hagg Ezzam, incluso también el joven Taha que en todo momento parece dirigirse por un camino equivocado. Los personajes, sus historias y sus vidas están magistralmente dibujados, y eso es lo que acaba atrapanado al lector.

Quizás lo mejor de este tipo de novelas es que logran que uno se dé cuenta de que, pese a las enormes diferencias económicas, sociales y culturales entre oriente y occidente, todos los seres humanos venimos a ser básicamente lo mismo, estamos hechos de la misma pasta, con las mismas virtudes e idénticas debilidades. Utilizar la literatura par romper ese tipo de barreras es algo digno de alabanza.

Siendo que estamos ante una gran novela precedida de un enorme éxito en el mundo árabe (con más de 150.000 ejemplares vendidos y traducida a 19 idiomas), ¿cómo se les pudo escapar semejante joya a los editores de Anagrama, Tusquets y similares? Durmiéndose en los laureles con reediciones de Salinger y refritos de Paul Auster. El mundo editorial está loco. Bravo por la editorial Maeva.

PD: Hablando de libros. Tras varios meses sin tocar la narrativa fantástica, épica y de aventuras, me he enganchado a la saga de George R. R. Martin: «Canción de Hielo y Fuego» y debo decir que me tiene totalmente atrapado. De momento se han publicado 4 Libros, pero parece ser que serán 7 en total. En fin, sólo he leído las primeras 200 páginas del primero, pero no creo que me espere a que los demás salgan en edición de bolsillo...

jueves, diciembre 20, 2007

«El Castillo en el bosque», de Norman Mailer


Recuerdo haber leído a finales de septiembre de 2007 una entrevista a Norman Mailer publicada en el Semanal XL. En ella se presentaba su última novela «El Castillo en el bosque» (una especie de biografía-ficción acerca de la infancia de Adolf Hitler) y el entrevistador preguntaba al autor si tenía pensado continuar escribiendo sobre el Hitler maduro, a lo que Mailer contestaba que eso dependía en gran medida del éxito y la aceptación que tuviera «El Castillo en el bosque», pero añadía que pasada la barrera de los 80 años ya no pensaba escribir nada grande, que las obras memorables de la literatura se escriben cuando se es joven y se tiene la mente clara (o algo así fue lo que dijo, ¡maldita sea! no he encontrado la entrevista completa, pero esto es lo que recuerdo de ella muy someramente).

Las palabras de Mailer resuenan hoy en mi cabeza como una especie de profecía funesta. Tan solo unas semanas después (10 de noviembre de 2007), Norman Mailer fallecía aquejado de una enfermedad cardiovascular. La editorial Anagrama tenía casi lista la primera edición en castellano de «El Castillo en el bosque», que salió a la venta dos semanas después del fallecimiento del autor, y se da la paradoja de que no hubo tiempo para actualizar su biografía que aparece siempre en la solapa de cada novela. Esto me hizo pensar que, puesto que llega un momento en el que los grandes artistas alcanzan el don de la inmortalidad, ya que sus obras perdurarán hasta más allá de la eternidad, verdaderamente no importa tanto saber cuándo murió el artista sino cuándo vivió, cómo vivió y qué es lo que hizo en vida. En lo que a mí respecta W. Amadeus Mozart, Luis Buñuel, Freddie Mercury o Franz Kafka están tan vivos como cualquiera de nosotros.

Bueno, dejemos de desvariar y vamos a lo que vamos. Hablemos de su última novela (les invito a que lean la curiosa reseña de la editorial Anagrama). Estoy seguro de que siendo la última novela de Mailer, «El Castillo en el bosque» habrá sido un éxito de ventas. También estoy convencido de que la mayoría de esos compradores compulsivos tardarán meses en abrir el libro y ponérselo a leer y, una vez extinguido el fervor inicial que provoca el hecho de tener aún el cadáver de Mailer caliente, leerán esta novela con escaso interés; y pocos, muy pocos, pasarán de la página 200 (esto tampoco es nada insólito ¿acaso alguien es capaz de creerse que «Vida y destino», que tanto y tan bien se está vendiendo en nuestras librerías, se la lee todo el que la compra? Pues eso).

Una vez más, el contenido de la novela tiene poco o nada que ver con lo que nos vende la contraportada. Pero todo buen lector debe sobreponerse ante semejante contrariedad y superar los prejuicios y expectativas que puedan provocar las patéticas reseñas editoriales.

MANUAL DE INCESTO Y APICULTURA

Algo verdaderamente destacable de «El Castillo en el bosque» es la identidad y condición de su narrador, Dieter, algo que no se revela hasta casi la pág.100, pero como el listo que hizo la reseña de la edición española lo suelta sin tapujos en la contraportada del libro, yo no me voy a quedar atrás: el narrador es nada más y nada menos que un emisario de Satanás, quien sigue la trayectoria de Adolf Hitler desde el mismísimo día de su nacimiento. Un narrador de lujo, vaya. Y es precisamente cuando se nos descubre su verdadera identidad el momento en el que la novela empieza a cobrar mayor interés.

Si a esto le añadimos lo que a priori parece ser el pretexto de la obra (establecer una especie de conexión entre Hitler y el Maligno, del mismo modo en que Jesús Hombre llevó la palabra del Señor a la tierra) tenemos una novela prometedora. Pero quizá Norman Mailer era más consciente que nosotros de la verdad que contenían las palabras de su última entrevista. Aunque «El Castillo en el bosque» contiene pasajes memorables y es en definitiva una obra notable y de gran factura, no es menos cierto que uno tiene la sensación de que algo que prometía ser grandioso se queda en agua de borrajas. El autor, a pesar de su dilatada experiencia, no sabe aprovechar el tirón del argumento ni el enorme potencial de su narrador. Bueno, a ratos sí y a ratos no.

Una vez agotado el filón del árbol genealógico de la familia Hitler, la novela va perdiendo parte de su interés. La obsesión de Alois (papá Hitler) por la apicultura puede resultar tan curiosa como tediosa. De hecho, a ratos se me hizo incomprensible el afán de Mailer en describir tan minuciosamente el arte de la apicultura. Si trataba de establecer alguna suerte de paradoja metafórica o de metáfora paradójica... yo diría que para ese viaje no eran necesarias semejantes alforjas. Pero en fin, en esto, como en todo, también dependerá mucho del lector.

No obstante, merece la pena superar el bache que suponen los prejuicios y la apicultura. En realidad esta novela es un retrato de época de una humilde familia austriaca cualquiera. Cualquiera, sí. Normal o común, en absoluto. El jóven Adolf es dibujado como un pequeño demonio, pero como un demonio humano, como un demonio absolutamente creíble. Y esto es así gracias a la tarea de Mailer de relatarnos a lo largo de casi dos terceras partes del libro el entorno de Hitler, su familia, los oficios de su padre, la psicología de los miembros de la familia Hitler, las fechorías de su hermano mayor... y de alguna manera todo esto sirve para situar al lector en una perspectiva en la que le resulte más verosímil la figura histórica de Hitler.

Y a pesar de su último y breve capítulo (el más flojo de todos) algo me dice que el autor tenía pensado continuar escribiendo las memorias de este enviado del Maligno. De hecho, la novela queda un poco coja cuando uno piensa que no hay nada más después de sus 500 págs. Bueno, por desgracia sí que lo hubo... todos sabemos muy bien lo que hubo después.

sábado, noviembre 24, 2007

«La llave del abismo», de José Carlos Somoza


Reconozco que me he leído casi todo lo que ha escrito este señor y me ha sorprendido mucho su peculiar trayectoria como escritor. De las novelas intimistas como “El silencio de Blanca” y “La ventana pintada”, pasando por el género de la novela negra de “La caverna de las ideas” y “Clara y la penumbra”, últimamente nos ha sorprendido con inquietantes thillers, primero con “La Dama número trece” y más recientemente con “Zigzag”. Esta última terminé de leerla hace un par de meses y la verdad es que, a pesar de que en la segunda mitad el libro se desvía por un camino un tanto incomprensible, me entusiasmó mucho su original trama. Quizá por ello estaba deseando comprobar cuál era la próxima jugada de José Carlos Somoza, un escritor que sin duda tiene un enorme potencial.

Creer es conocer, y conocer da miedo

Sin más preámbulos, entraré ya a desmenuzar paso a paso las diversas reacciones que ha despertado en mí su última novela. «La llave del abismo» (pinchen para conocer su argumento) tiene un atractivo planteamiento y parte de unas primeras páginas muy prometedoras. Un futuro postapocalíptico, habitado por seres diseñados genéticamente, más perfectos y hermosos cuanto más dinero puedan invertir sus padres en su concepción. Andróginos, de una sexualidad ambigua y destinada únicamente al placer, sin vello, con un físico mucho más resistente y duradero que el de los llamados hombres biológicos... ¡Dios mío! ¿esto no les parece un mega-mix de “Un mundo feliz” con “Hijos de los hombres” , “1984” y “Blade Runner”. Efectivamente, uno no puede evitar extraer de su memoria las reminiscencias a los clásicos de la ciencia-ficción que evoca «La llave del abismo». Y es que, esta novela se plantea como una obra cuasi iniciática o más bien como una novela de anticipación. No hay que olvidar que la trama gira en torno al tema de la religión, la poderosa creencia en una peculiar mitología basada en la “Biblia de Amor Artesanía” que el lector avispado desenmascará rápidamente. Sin negar el grandísimo poder de la fe, José Carlos Somoza realiza una intensa crítica de la acción manipuladora de las religiones, los efectos retorcidos que produce la propia fe: los fanatismos, las supercherías, el miedo... Todo esto se ve plasmado de una manera muy interesante, incluso a veces mediante metáforas muy poco sutiles (págs. 112-113). «Creer es conocer, y conocer da miedo», éste es el paradójico lema que se respira a lo largo de la novela, y es que estamos ante una historia en la que no faltan las inteligentes paradojas. Pero... el entusiasmo inicial que provocan las cien primeras páginas se va desvaneciendo paulatinamente cuando nos damos cuenta de que lo demás es una historia de acción-aventura con minuciosas descripciones hasta llegar a lo insoportable, detalles que saturan al lector y que a menudo resultan superfluos, diálogos vacíos y, principalmente, la imperdonable torpeza a la hora de no haber aprovechado la oportunidad para hacer mayores reflexiones filosóficas sobre el entorno mismo de la novela y, para colmo, un ritmo trepidante unido a una narración particularmente densa, nada que ver con lo fluida que resultaba en sus anteriores novelas, esas que enganchan y de las que no puedes despegarte hasta el final.

Pero algo tienen los universos Somoza que perturban la mente del lector y la inquietan de manera que uno necesita llegar hasta el final del viaje, como si hubiésemos sido hipnotizados por una fuerza superior. Afortunadamente, las últimas cien páginas de «La llave del abismo» son notables, pero ello no evita que a uno se le quede un regusto agridulce, amargo y con un poco de glutamato en el epicentro de la lengua. Y es que, al margen de los soporíferos capítulos centrales, también se aprecian (como ya he comentado respecto a “Zigzag”) ciertas desviaciones: explicaciones creíbles y racionales que luego dan un giro para ser todo lo contrario para después volcarse del revés una vez más dejando al lector completamente aturdido.

También hay un tumulto de personajes secundarios que puede llegar a desorientar aún más al personal. Cada personaje cuenta con sus especialidades, como si sus creencias les otorgasen una peculiaridad (algo así como lo que sucede en los juegos de rol, en los que cada personaje goza de unas habilidades especiales), pero a uno le cuesta seguir la pista de cada carácter. Me quedo con la encantadora Maya Müler, una muchacha ciega que ve más que nadie; y también con Turmaline “La Rubia”, una predestinada que pertenece a una especie de homúnculos diseñados como mercenarios de quienes se discute su condición humana (¿a que esto les suena a “Blade Runner”?).

Por otro lado, y sin pretender dármelas de erudito, hay otra cuestión que me deja perplejo: la utilización del término “hornacina” cuando el autor parece estar refiriéndose más bien a una urna funeraria (busquen en el RAE y verán que son dos cosas bien distintas). Es un error inaudito que ya se ha comentado en otras críticas del libro, pero no puedo dejar de preguntarme una y otra vez el motivo de semejante confusión.

La llave del abismo y La Torre Oscura

Tampoco he podido evitar extraer ciertos paralelismos entre ambas obras. De hecho, «La llave del abismo» supone una experiencia literaria semejante a la que proporciona la obra de Stephen King. Ambas se enmarcarían perfectamente dentro del género “Novela fantástica de aventuras”. Ambas tienen como tótem un objeto/lugar de origen místico, un objetivo a alcanzar de modo ineludible. Y en ambas historias el lector se pregunta si ese tótem servirá para salvar el mundo o para destruir la existencia. Stephen King creó toda una mitología basada en una mezcolanza de religiones y leyendas; desde el Rey Arturo hasta la filosofía oriental; desde los mitos nórdicos hasta el hinduismo... Es aquí donde entra el factor determinante de «La llave del abismo»: The Holy Bible of Love Craft.

Un escritor perdido en las montañas de la locura

No estoy convencido de que los datos que voy a revelar a continuación sean realmente spoilers, pero en cualquier caso aviso *SEMI SPOLIER*: El lector que conozca bien la obra de H.P. Lovecraft identificará inmediatamente las continuas referencias a los Mitos de Cthulhu que aparecen en la obra. Quien no conozca a Lovecraft se quedará un tanto anonadado ante las curiosas creencias de los terrícolas de este futuro postapocalíptico de «La llave del abismo». No dudo que la lectura de este libro pueda satisfacer tanto a unos como a otros, pero opino que esta novela es muy específica y está más bien destinada a los aficionados a la literatura fantástica, y aún gustará más a los devotos de Lovecraft (a pesar de que más de uno opinará que Somoza comete un temerario sacrilegio con su mitología).

Sin embargo, el autor ha querido ofrecer esta novela a todo tipo de lectores, y por ello se mantiene oculta “la revelación” hasta justo el final. De hecho, en las últimas páginas aparece un índice con los capítulos de la Holy Bible of Love Craft que se corresponden con los diversos relatos del autor de Nueva Inglaterra. Yo me pregunto, ¿no hubiese sido más divertido que el lector iniciado en los Mitos de Cthulhu se hubiera comido el coco intentando averiguar la correspondencia de cada capítulo con los relatos de Lovecraft? Algo así como dejar una especie de reto para el que quiera asumirlo. De este modo tal vez se hubieran colapsado los foros de lovecraftmaníacos con diversas teorías de los múltiples foreros. Creo que hubiese sido divertido. *FIN DEL SEMI SPOILER*

En resumidas cuentas, no estamos ante la mejor novela de José Carlos Somoza, es más, «La llave del abismo» dista mucho de ser una obra redonda y a mí me ha resultado frustrante contemplar cómo el autor ha desaprovechado la oportunidad única de crear un clásico, pues (como ya he dicho) tengo la sensación de que Somoza aún tiene mucho más que ofrecernos, ya cómodamente afincado en el género fantástico en el que uno puede dar rienda suelta a la imaginación casi sin ninguna limitación. Pero sucede que a esta novela le falla la forma (sorprendentemente, a estas alturas) y en ocasiones flojea también en el fondo. Aun así es una obra arriesgada e interesante. Si tuviera que valorarla del 1 al 10 le pondría un 6; pero si la circunscribimos dentro de su género tal vez merecería un 8 ¿Me explico? En cualquier caso, en nuestro país, escritores como Somoza hay muy pocos.

¿VI Premio de Novela Ciudad de Torrevieja?

Por último, me veo en la obligación de denunciar un hecho, para mí, insólito. Esta novela de la que les he hablado ha ganado el VI Premio de Novela Ciudad de Torrevieja y, que yo sepa, dicho premio no está limitado al género de la literatura fantástica. Con esto quiero decir que, si bien «La llave del abismo» podía haber sido perfectamente merecedora de un galardón en un certamen literario más específico, a mí personalmente me parece excesivo y desconcertante que una novela así pueda ganar un premio del que muchas voces ya aseguran que la novela finalista, «El mar invisible», es de una calidad superior se mire por donde se mire. El lector puede sufrir un tremendo golpe cuando lea esta novela. Otorgar premios generalistas a novelas tan “de género” y, además, no especialmente buenas (como es el caso) supone una desviación perversa del fin último de los premios literarios. Vamos a ver, José Carlos Somoza es ya un escritor consagrado dentro del panorama literario internacional, sus novelas se traducen a varios idiomas y se publican en decenas de países. «La llave del abismo» iba a ser publicada sí o sí, ganase o no el Premio Ciudad de Torrevieja. Los lectores de Somoza acabarían comprando esta novela tarde o temprano, más aquellos otros a los que la lectura de su reseña despertara algún interés. Creo que un premio literario debe de ser otorgado principalmente por motivos honestos para con el lector. Debe ser otorgado mirando la calidad por encima de las expectativas comerciales, que para publicar una obra destinada a convertirse en Best-Seller ya hay otros espacios. Pero nunca se debe inducir a engaño al lector otorgando galardones a obras pensando en el rédito comercial que va a proporcionar. Si bien las decisiones del jurado de todo certamen deben ser respetadas e inapelables, nadie va a negarle al lector su capacidad para opinar y verter sus opiniones en los foros pertinentes. Sinceramente, mi opinión (válida como cualquier otra) es que con novelas como «La llave del abismo» lo único que conseguirá el Premio Ciudad de Torrevieja es perder toda su credibilidad, pues en este caso no han sido sinceros con sus lectores, que son la razón de su existencia. Y menos mal que no soy de Torrevieja, que si no... (ya me leí el «Premio Novela Histórica Ciudad de Zaragoza» y le di el visto bueno, tranquilos). Sin necesidad de caer en el gafapastismo típico de nuestro panorama literario en el que todos los premios acaban en obras ambientadas en la Guerra Civil o en la posguerra (un año más, echen un vistazo a las novelas ganadoras de algunos concursos y comprobarán cuál es su denominador común), pero lo de «La llave del abismo» sobrepasa los límites de lo tolerable.

No estoy diciendo que la Ciencia-Ficción sea un género de segunda clase, todo lo contrario; pienso que cualquier novela fantástica realmente buena (en términos absolutos, no relativos) se merece este y otros galardones como cualquier otra. Pero es que, cuando una novela así ha ganado un premio, uno tiende a esperarse algo realmente grandioso y «La llave del abismo» no pasa de ser una novela entretenida (a ratos), que engancha (por momentos); pero fallida en cuanto al material que maneja. Si esta novela hubiera sido realmente buena, quizás hubiese servido para abrir nuevas fronteras a aquellos lectores que cierran sus ojos ante el género fantástico y la Ciencia-Ficción, pero claro... al no serlo, tal vez se haya logrado el efecto contrario. Aunque, puede que me equivoque, ya que mi cuñada (que nunca ha leído Sci-Fi) la empezó a leer, le enganchó y le pareció entretenida. Pero creo que antes merece mucho más la pena haber leído cualquiera de los clásicos arriba mencionados.

sábado, noviembre 03, 2007

Libros con doble firma



Hanami y yo mantuvimos hace poco un apasionado debate acerca de las novelas firmadas por dos autores. No recuerdo exactamente cómo surgió el tema, pero la cuestión es que yo afirmé categóricamente que nunca había leído ninguna novela escrita por dos personas porque el solo hecho de la doble firma me produce un rechazo automático. ¿Un excentricidad irracional por mi parte? Puede ser, pero lo cierto es que yo concibo la creación literaria (particularmente la narrativa y la poesía) como algo muy personal y que pertenece a un ámbito en el que me resulta desconcertante ver que dos personas figuran como autoras de una misma obra.

¿Cómo se comparte la autoría de una novela? ¿De quién es el mérito si me ha gustado y de quién si me ha defraudado? Es decir, ¿escriben cada uno unos capítulos en función de su especialidad o de su inspiración, concibiendo la obra como un conjunto coherente en el que no se puede identificar más que un solo estilo renunciando cada autor a su seña de personalidad? ¿O acaso uno aporta la idea, los personajes, el argumento... y el otro –el que sabe escribir– se dedica a plasmar todo eso sobre el papel? En definitiva ¿cómo funciona este invento?

Vaya por delante que no me estoy refiriendo a ensayos científicos ni, por otro lado, a libros de coñas chorras del gorrino pachón, que un servidor ha escrito alguna que otra chorradica (de más que dudoso valor artístico) con un amigo (a quien prefiero mantener en el anonimato) y con la copica gin-tonic en la mano que no sujeta la pluma. Que pueden surgir productos curiosos de ese tipo de colaboraciones, no lo dudo; pero, sobre todo, una novela más o menos extensa, coherente y medianamente decente... se me hace extraño verla firmada por dos personas.

Queda claro pues que una obra con doble firma no despierta en mí el más mínimo interés. Es más, en alguna ocasión he estado hojeando libros que parecían interesantes, pero al comprobar que estaban firmados por dos autores los he descartado de modo automático. Reacción drástica y fruto de oscuros prejuicios, lo sé. Pero creo que las dudas e interrogantes que he mencionado arriba podrían justificar mínimamente mi postura ¿Vosotros que opináis? ¿Habéis leído alguna novela “bicefálica”?

miércoles, octubre 24, 2007

«Firmin», de Sam Savage

La fábula moderna

A estas alturas a nadie se le escapará el hecho de que me gustan las fábulas, si bien hoy por hoy la fábula moderna ha perdido parte de las señas de identidad de lo que debería ser una fábula propiamente dicha. Dice el diccionario de la R.A.E. que la fábula es un “breve relato ficticio, en prosa o verso, con intención didáctica frecuentemente manifestada en una moraleja final, y en el que pueden intervenir personas, animales y otros seres animados o inanimados”. La nota de la brevedad se pierde por completo cuando los autores contemporáneos escriben extensas novelas en forma de fábula (o más bien al revés). La intención didáctica ya no es tan didáctica en el sentido estricto y ni siquiera se manifiesta en una moraleja final. En realidad, las fábulas de hoy contienen si acaso uno o varios mensajes frecuentemente abstractos y no tanto una moraleja concreta, lo cual posibilita la libertad interpretativa de cada lector, de manera que éste no se halle ante el reto de encontrar ineludiblemente el «verdadero significado». Una fábula no debe afrontarse como un puzzle o como un crucigrama, puesto que su significado es la reacción que provoque en cada lector concreto, cualquiera que sea esa reacción. Quizás adoro las fábulas por la libertad interpretativa y también porque en este género el autor dispone asimismo de una extraordinaria libertad creativa en la que puede dar rienda suelta a su imaginación prácticamente sin límites.


«Firmin», de Sam Savage

Dicho esto, ahora les presento a Sam Savage. Ese señor con aspecto de mendigo demente es un ciudadano norteamericano de unos 80 años que publicó el año pasado su primera novela, titulada «Firmin», en una pequeña editorial de Minneapolis y que, sin embargo, se ha ido haciendo cada vez más grande gracias al boca a boca. (si les interesa el argumento de la novela pinchen aquí).

La rata Firmin posee un poco del carácter de Don Quijote, pero al mismo tiempo comparte numerosos rasgos con el Gregor Samsa de «La Metamorfosis». Firmin es además, y sobre todo, una rata bibliófila con una capacidad “sobrehumana” para la lectura. Al mismo tiempo es también cinéfila, coqueta, más bien cínica, voyeur, moderadamente viciosa y con un carácter bastante depresivo, patética pero al mismo tiempo entrañable, borde y a la vez admirable... Firmin es, al fin de al cabo, una rata bohemia que ansía ser persona en ese vasto mundo que tanto admira. Un mundo decadente representado en lugares en verdadero peligro de extinción: la librería Pembroke, el cine Rialto, la plaza Scollay...

Pero Firmin no está solo, tiene la compañía del librero Norman Shine y del escritor Jerry Magoon (¿quizá el alter ego del propio Sam Savage?), un borrachuzo que está viviendo su largo descenso hacia ninguna parte.

En fin, dice la solapa del libro que esta novela está llamada a convertirse en un símbolo del amor por la lectura, aunque tal vez «Firmin» no deje de ser otra curiosa fábula sobre la condición humana, otra dosis de existencialismo literario. O sea: bastante recomendable.

Y en África, en épocas de hambruna, los niños hambrientos comen tierra. A buen hambre no hay pan duro. El mero hecho de masticar y tragar algo, aunque no alimente el cuerpo, nutre los sueños. Y los sueños de comida son como cualquier otro sueño: puedes vivir de ellos mientras no te mueras.

Firmin
Sam Savage.

jueves, octubre 18, 2007

«La Caverna», de José Saramago

Es admirable la extraordinaria capacidad que demuestra José Saramago para crear historias conmovedoras. Hacía tiempo que no leía nada de este entrañable anciano portugués, quizás ese estilo tan personal del que hace gala me había saturado durante una temporada y quizá también no me haya venido mal un descanso.

Lo que me gusta de Saramago es que consigue matar tres pájaros de un tiro (por lo menos yo lo creo así). Para que una novela merezca la pena ser leída debe reunir al menos una de las siguientes condiciones: que entretenga, que emocione o que haga reflexionar. Con una de estas tres yo me conformo. Pero las obras de este autor sin duda son capaces de reunir los tres aspectos. Si a eso le añadimos la capacidad innata de hacernos estremecer con las situaciones más cotidianas y de sacarnos una sonrisa con las ocurrencias más (aparentemente) absurdas, diría que estamos ante uno de los más grandes escritores de nuestros tiempos.

Ahora bien, vuelvo a recalcar que el estilo de Saramago es muy peculiar, puede gustarte o puedes aborrecerlo. Pero yo creo que también hay que saber escoger bien con cuál de sus obras iniciarte en su arte. Yo lo conocí por casualidad leyendo “Ensayo sobre la ceguera”, lo cogí con miedo, convencido de que me iba a enfrentar a un ladrillo infumable. Nada más lejos de la realidad: me enganchó como pocos y lo leí en dos patadas. Nunca una fábula había sido tan desgarradora, qué bofetón literario nos dio a todos.

Después del “Ensayo…” quise saber más de este autor que publicó su primera novela allá por 1947 y que no volvió a escribir hasta 1982, según él porque: «Quizá no tenía nada que decir».
Hace unas semanas decidí abrir la primera página de “La Caverna” y al llegar a la pág. 60 no pude evitar emocionarme. Las escenas con el perro Encontrado, el amor imposible entre Cipriano Algor e Isaura Madruga, la angustia existencial de un trabajador artesano en un mundo que al mismo tiempo está atravesando su propia crisis existencial... Tras terminar de leer “La Caverna” fui corriendo a comprarme “El Evangelio según Jesucristo”. Ya voy por el final y, aunque no es exactamente lo que me esperaba, es otra Obra Mayúscula. ¡Larga vida a José Saramago!

Bibliografía seleccionada:

-Ensayo sobre la ceguera (1995)

-Ensayo sobre la lucidez (2004)

-La Caverna (2000)

-Memorial del Convento (1982)

-El Evangelio según Jesucristo (1991)

miércoles, septiembre 26, 2007

¿El camino hacia la cultura?

«Nunca digas de este agua no beberé». Así reza el viejo dicho popular. Pero uno siempre tiene meridianamente clara una serie más o menos abstracta de cosas que está seguro que nunca hará (voluntariamente, claro). Por ejemplo: Nunca me haré mechas rubias ni me dejaré el pelo largo, nunca me tatuaré un amor de madre en el bíceps, nunca me bañaré en una piscina rodeado de tiburones... y nunca leeré un libro de César Vidal, y mucho menos un libro de César Vidal titulado «El camino hacia la cultura». Lean la reseña que hace la propia editorial Planeta...


«El camino hacia la cultura»
Lo que hay que leer, ver y escuchar.




Desde los inicios de la cultura hasta la actualidad, César Vidal nos sumerge en un viaje por la historia, la literatura, el arte y la ciencia de la humanidad. En un relato apasionante, nada escapa a su atención. Nos habla de la música de cada época, del arte y de la arquitectura, de la poesía y de la pintura...Nos habla, en suma, de todo cuanto vale la pensa saber. Para los amantes de las clasificaciones, Vidal nos ofrece sus listas de los mejores libros o las mejores composiciones musicales. Esas listas, distribuidas a lo largo de la narración, ayudan a conformar el canon del conocimiento y el arte humanos. Hombre de extrema erudición, nadie mejor que César Vidal para conducirnos en esta aventura del saber. Esta obra, la más ambiciosa de cuentas ha emprendido hasta la fecha, está destinada a convertirse en todo clásico.

Dejando a un lado el hecho de que este señor me cae especialmente gordo (no en vano, pesará más del doble que yo –cosa que tampoco tiene mucho mérito-), la verdad es que sus ideas y sus posturas radicales y ultraconservadoras (probablemente gran parte de ese conservadurismo sea sólo de boquilla), esas ideas defendidas siempre desde su obcecado fanatismo, no las comparto pero al menos las tolero, cosa que él no podrá decir nunca, pues ni tolera ni respeta a nadie que defienda posturas contrarias a las suyas, ya que si por algo se caracteriza este señor es precisamente por esa repugnante falta de consideración hacia quien no opine como a él le gusta que se opine. Así lo pone de manifiesto diariamente en prensa, radio y televisión.

El colmo es que un Don Nadie de las letras hispánicas cometa la temeridad de escribir un libro con el propósito de cultivarnos con su sapiencia, como si alguien como él fuera la persona más indicada para transmitir el saber y la cultura. Sr. Vidal, deje que la gente normal y corriente aprenda la cultura a su marcha, que no hay nada más hermoso y satisfactorio que descubrir por uno mismo la cultura; que el ser humano y cada individualidad está dotada de criterio y de una particular curiosidad que le impulsa a aprender lo nuevo, que le hace querer saber más de una cosa y de la otra también, aceptando los consejos puntuales de quien manifiesta tener mayor grado de conocimiento. Pero nunca, jamás de los jamases, siguiendo como un borrego una guía escrita desde la prepotencia del eruditismo repelente del que usted presume tanto.

Ya sé que le importará un comino mi opinión (tampoco creo que llegue a leer nunca estas líneas) y menos aún le importará si un bloguero de tres al cuarto compra sus “obras”, pero ahí queda dicho.

PD: Sr. Vidal, escriba algo decente para variar y deje de jodernos esta España que es de todos. El día que realmente aporte algo de valor a la literatura estaré encantado de leer su creación. Mientras tanto, y permítame la licencia ya que a usted se las han permitido todas, entreténgase zurciendo sus calcetines y los de sus vecinos, que así seguro que no hace ningún mal a nadie.

jueves, septiembre 20, 2007

«La Carretera» de Cormac McCarthy

«En esta carretera no hay interlocutores de Dios. Se han ido y me han dejado aquí solo y se han llevado consigo el mundo».


Una extensa tierra baldía, árboles muertos, ceniza en el aire, frío, niebla... y la carretera que conduce a un padre y a su hijo hacia el sur. Huyen del frío, de la desolación, de las hordas de caníbales. Un padre y un hijo en busca de la esperanza, del pasado y del futuro. Cormac McCarthy no necesita contar una historia original para que de su pluma salga una novela excepcional. Su prosa está dotada de ritmo, posee cierta musicalidad, como el canto de las sirenas que hipnotizan al marinero griego. Ahí está la grandeza de «La Carretera»; en la renuncia a los convencionalismos narrativos, en la carga simbólica de ciertos pasajes (o quizá del relato en su conjunto) y en la extraordinaria capacidad de emocionar con unas simples palabras.

Premio Pultizer 2007, best seller del año según el New York Times, 190.000 ejemplares vendidos en sólo seis meses, agotado de las librerías españolas el día de su puesta a la venta... Parece mentira que estemos hablando de un libro y no de la Wii o el i-Phone. Pues, joder, que me picó la curiosidad y me lo quise leer antes de que pase “la moda”. Pero no os preocupéis si creéis llegar tarde porque «La Carretera» nunca será un old fashioned book (qué asco me doy cuando utilizo estos ridículos anglicismos).

Paisajes post-apocalípticos los hay para todos los gustos en el mundo de la literatura. El maestro del horror, Stephen King, ha insistido en ello hasta la saciedad («Apocalipsis», «La tormenta del siglo», «La Torre Oscura»...); Saramago («Ensayo sobre la ceguera») y Paul Auster («El país de las últimas cosas» –de hecho, el carrito de supermercado que arrastran en «La Carretera» evoca inevitablemente a la citada obra de Auster) aportaron su particular modo de ver y de contar las miserias de un mundo en estado de putrefacción. Y también me parecieron realmente apocalípticas las escasas páginas que fui capaz de soportar de «La lluvia amarilla» de Julio Llamazares. Pero a McCarthy le han colgado la etiqueta de autor de culto y el buen hombre lo sabe llevar hasta sus últimas consecuencias, aturdiendo al lector con ese contraste (abismal contraste) que existe entre los dos personajes del libro. El padre y el hijo. La belleza, la inocencia, la bondad y, en definitiva, la esperanza se ven reflejados con deslumbrante claridad en el chico. Y la supervivencia en ese mundo post-apocalíptico es dura y puede ser capaz de consumir al chaval...

«La Carretera», ¿un mundo muerto o un nuevo mundo? Yo creo que hay esperanza.

viernes, septiembre 07, 2007

«El Mago» de John Fowles

Sucede de vez en cuando que mientras uno está leyendo un libro va tomando conciencia de que dicho libro permanecerá en su memoria durante muchos, muuuuchos años. Son diversos los motivos de que así sea: un argumento original, un texto plagado de reflexiones que te convencen (o no), un personaje con el que te sientas especialmente identificado… Sea como fuere, también es verdad que no toda novela o relato influye por igual a cualquiera. “La metamorfosis”, “A Brave New World”, “1984”, etc. me impactaron en su día, pero puede que leídos ahora no me dejaran la misma huella, y también es probable que esos mismos textos no le digan absolutamente nada a la vecina del tercero. Es lo mismo que sucede con las demás manifestaciones artísticas: un cuadro de Magritte, una escultura de Gargallo, una Ópera de Puccini, un film de Buñuel… no provocan la misma reacción en todas y cada una de las personas que los contemplan.

Todo esto debéis tenerlo en cuenta cuando leáis una de mis reseñas, sobre todo cuando mi crítica es tan entusiasta como la que sigue.

“El Mago”, John Fowles (1977 -edición revisada-). «Una novela enormemente rica, compleja, ambiciosa –y con elementos de novela gótica, el thriller, la historia iniciática, la novela erótica, la filosófica–, en la que asistimos a la educación sentimental del joven Nicholas, que abandona Londres y se establece en una remota isla griega como profesor de inglés. Allí conoce a un misterioso personaje, un excéntrico millonario, Conchis, el Mago, que le hace participar en experiencias extrañas…».

Pocas veces la reseña de la contraportada de un libro había sido tan acertada. Y aunque al principio me pareció ciertamente exagerada (el típico truco del editor para vender más), lo cierto es que hasta se queda corta.

La muerte de la ilusión

“El Mago” se propone cruzar una frontera para entrar en un nuevo mundo mitad arte, mitad ciencia. Una aventura psicológica y filosófica incomparable. Un viaje extraordinario al inconsciente humano. Y el tal Conchis se monta una serie de charadas, mascaradas, teatrillos… para lograr ese propósito. Un teatro de títeres en el que la marioneta principal es Nicholas, quien será objeto de una oscura lección metafísica acerca de cuál es el lugar que ocupa el ser humano en la existencia y acerca de las limitaciones de todo egocentrismo.

Aunque a veces da la sensación de que en realidad Nicholas es objeto de una especie de esquizofrenia provocada por esa mascarada repleta de continuos giros argumentales, alguno de ellos tan punzante como una puñalada trapera.

¿Por qué están cuerdos los cuerdos? ¿Por qué se niegan a aceptar como realidades lo que no son más que engaños y fantasías? John Fowles nos dice en el epílogo que para él, Dios y libertad son conceptos totalmente antitéticos; y que generalmente los hombres suelen creer en sus dioses imaginarios porque temen creer en otras cosas. Por eso afirma que la verdadera libertad ocupa un lugar situado entre uno y otro, y nunca está en uno solo de ellos, y que por consiguiente nunca puede haber libertad absoluta.


Lo que en definitiva se proponía Fowles a la hora de concebir esta novela era tratar de proyectar un universo muy diferente del mundo cotidiano que conocemos (de ahí que quizás por eso me hayan venido a la mente otros clásicos como 1984 o Un mundo feliz).

Pero esta novela no se basa únicamente en esos complejos laberintos emocionales, sino que también contiene un buen puñado de (como bien dice quien hiciera en su día la reseña para la editorial Anagrama) dosis de “insoportable” suspense, también algunos momentos cargados de erotismo, y arriesgadas reflexiones sobre esa aparentemente sádica conspiración contra el individuo que conocemos con el nombre de Evolución, Existencia, Historia. Por ejemplo, cuando "el Mago" afirma que Hitler no traicionó su propio yo, pero que sí hubo millones de alemanes que lo hicieron. Pues lo grave no fue que hubiera un hombre con el valor suficiente para ser malvado, sino que hubiera millones de personas sin el valor suficiente para ser buenos…

También es cierto que esta novela tiene sus altibajos (aunque sean pocos), esos momentos en los que la acción se ralentiza, principalmente en la primera mitad del libro, cuando Conchis se empeña en ir presentándose poco a poco, relatándole a Nicholas su "complejo" pasado. Pero por lo demás, sus 570 págs. de letra liliputiense se leen en un santiamén. En fin, no me atrevo a calificar “El Mago” como obra maestra (no soy quien para otorgarle semejante honor), pero sí que me atrevo a afirmar que (depende de cada persona, claro) se trata de una experiencia literaria sin parangón. Para leer con un lápiz en la mano por si hay que subrayar perlas como la destacada acerca de Hitler, de la que el libro está plagado. Y eso que yo soy de los que odia ir subrayando novelas…

lunes, agosto 20, 2007

Me llamo Rojo

Esto de leer en la playa es una costumbre universal. Turistas extranjeros y nacionales coinciden en practicar el placer de la lectura a orillas del Mare Nostrum. Ya sea el MARCA, el Daily Mirror o lo último de Clive Cussler, es igual.

Varios son los libros que me he leído en mi sillita junto al mar. Este año debo destacar la novela de Orham Pamuk «Me llamo Rojo» (1998). Ante todo: original, cautivadora y desconcertante… En este enorme relato confluyen diversos narradores, existiendo una interconexión directa entre cada capítulo y entre lo narrado y quien lo narra. Una novela que se lee de un tirón, ya que desde la primera página el lector intuye que “debe” leerla de un tirón.

La libertad en la estructura, la sutileza de las palabras, la crítica mordaz a determinados tabúes que arrastra la sociedad turca desde hace siglos… Todo ello en una historia en la que cada cual tiene su granito de arena que aportar, pues todos tienen (tenemos) algo que contar; desde la buhonera hasta un árbol pueden adoptar el rol de narradores ocasionales.

Ahora bien, se trata de una lectura tremendamente exigente puesto que el propio Pamuk exige a su lector la misma lucidez de la que él mismo hace gala. Aun así, creo que merece la pena el esfuerzo de contemplar en «Me llamo Rojo» la hipocresía con la que se afrontan determinados asuntos como la homosexualidad, el fanatismo religioso o este mismo fanatismo unido al arte. Y es que… en algunas sociedades parece que es más fácil blasfemar que respirar. Y lo digo con todo el respeto a la libertad religiosa y con cariño a sus hermosos cultos, pero es que es así.

Ah! Todavía no he mencionado nada acerca del argumento de «Me llamo Rojo». Siempre me pasa lo mismo con este tipo de obras en la que el argumento es algo completamente accesorio. Pero bueno, para el que tenga curiosidad le adelanto que si osa abrir las páginas de este libro encontrará (entre otras muchas cosas) la historia de la elaboración de un libro secreto (y prohibido) encargado por el mismísimo Sultán, los asesinatos de dos personas relacionadas con ese libro y, también, la típica (o quizás no tan típica) historia de amor imposible.
La relación amor-odio entre Pamuk y su Estambul natal no es algo patológico y tiene su razón de ser. Por la temática de la obra, se percibe la vocación frustrada de Pamuk, quien soñó con ser pintor, aunque finalmente estudió arquitectura y periodismo. Y la jugada no le salió mal, puesto que el año pasado recayó el Premio Nobel de Literatura en su obra porque “al ir en búsqueda del alma melancólica de su ciudad natal, ha encontrado nuevos símbolos para reflejar el choque y la mezcla de las culturas”.

Observo con sorpresa que se trata de una novela muy criticada en diversos foros y blogs por anunciarse engañosamente como thriller histórico... Pero ¡señores! hay que leer con la mente abierta, si ves que una novela no es lo que te esperas no te limpies el culo con ella, sigue leyendo que seguro que algo bueno encontrarás. En mi memoria quedarán grabados, sobre todo, los capítulos narrados por un falso soltaní otomano, el capítulo del caballo pintado en el libro secreto, el del Diablo, la mujer…

viernes, junio 22, 2007

Trescientos días de sol

Cuantas más veces leo este comentario de Don Enrique Cebrián Zazurca acerca del último libro de Ismael Grasa más ganas me entran de comprarlo. Así que, sin pedirle permiso al autor, me voy a limitar a colgar su reseña con el propósito de fomentar, una vez más, la lectura de autores aragoneses. Ahí queda.

Ismael Grasa, Trescientos días de sol, Zaragoza, Xordica, 2007

por Enrique Cebrián Zazurca.

Anunciando la primavera próxima vino Ismael Grasa a habitar de nuevo los días de sol –¿tantos?– que anuncia el título de su último libro, sin por ello impedir que en este clima suyo –nuestro– se cuele de rondón la boira, la cercera (dígase cierzera) y hasta algunos perdidos copos de nieve en los huesos de los habitantes de estos relatos, de este lugar.

Trescientos días de sol nos habla de personajes tan raros y tan normales a un tiempo que podríamos ser tú o yo, tu primo o la vecina que espías por la ventana. Y eso inquieta. Inquieta verse tan del montón, como inquieta saberse carne de frenopático. El hilo conductor de estas historias es –como dice la propia contraportada del libro– el delito o, al menos, la posibilidad de éste. La tentación del mal, cifrado en ceder a un impulso, en contravenir una norma social, el morbo de ser más animal, si quieres. El delito –cumplido o no– como introspección, como el modo de conocerse mejor y ser más libre en un mundo en el que, paradójicamente, la soledad y los tiempos muertos ante un botellín de cerveza no dejan a estos personajes pensar, pensar en ellos, pensarse, agobiados quizás como están por una maquinaria parece que perfecta y terminada y en la que sólo son piezas sobrantes, con suerte sólo repuestos esperando que algún día el engranaje falle y entren ellos.

El delito como símbolo se ve enfrentado a la pureza, al símbolo del agua que limpia, y que Grasa utiliza en varios de los relatos. El camino a la ducha, el deseo de estar bajo el chorro, es el deseo y el camino del hijo pródigo que vuelve a la casa del padre, arrepentido por la curiosidad de saber qué había al otro lado de la puerta, al otro lado de la ley que nos dimos para protegernos.

La vecina y tu primo y tú y yo somos el que ansía apretar el gatillo y somos también el que ve sus lágrimas confundidas con las gotas bajo la alcachofa del baño. Y eso inquieta.La prosa de Ismael Grasa en este libro es una prosa certera pero sugerente, una sucesión de flashes que dan un cierto tono cinematográfico a la obra y que la dejan con la ropa suficiente para no pasar frío, tampoco desnuda.Por la escritura y los ambientes las historias recuerdan a las de su Nueva California. La referencia a Von Gloeden en el relato “Algo provisional” nos remite a lo que Ismael Grasa escribió acerca de este pintor y fotógrafo romántico en su literaria estampa de Taormina en Sicilia.

Existe, por último –y esto tampoco es nuevo en Grasa–, en los escenarios, en los términos utilizados, en los personajes, etcétera, la voluntad de dejar constancia de que quien escribe es un escritor de Aragón, un escritor de Aragón nacido en Huesca que vive en Zaragoza, un escritor que sabe lo que eran los tiones y que sabe también las barras de los bares de la capital donde beben de noche los ecuatorianos y los guineanos de este nuevo Aragón. Si se observan los doce relatos de este libro (los doce cuentan con un escenario aragonés), se ve que esta actitud deviene casi en militancia.

Trescientos días de sol es, en definitiva, un libro que habla de nada y de todo, del deseo de vencer la soledad, de las cosas que se hacen o se dejan de hacer cuando uno está aburrido, de la curiosidad y de la culpa, un libro que habla de nadie y de nosotros: ya sabes, de ti, de mí, del pesado de tu primo, de la vecina desnuda saliendo de la ducha…

jueves, junio 07, 2007

Northumbria, El Último Reino

Será que me estoy haciendo viejo, pero resulta que últimamente me decepciona bastante la literatura épica-fantástica. Aunque también puede ser que, al haberme leído los máximos exponentes del género, me haya vuelto más exigente y a partir de ahí todo lo que leo está muy por debajo de lo ya conocido.
Afortunadamente, la novela histórica a menudo puede ser un sustituto perfecto (como el chocolate lo es del sexo). Así descubrí hace poco más de un año a Bernard Cornwell y su trilogía “Crónicas del Señor de la guerra” que combina lo mejor de la novela épica con el rigor histórico que se autoimpone el propio autor, lo cual, dota de una notable credibilidad a su obra.
Ante semejante descubrimiento, me interesé por la obra de este autor tan prolífico. Desde las “Crónicas…” ha escrito varios libros sobre el cansino de Sharpe, otro acerca de Stonehenge, también sobre los caballeros del Santo Grial y, finalmente, su última obra: la llamada trilogía “Sajones, vikingos y normandos” (The Saxon Stories). Pues bien, acabo de terminar de leer la primera entrega: “El último reino (Northumbria)” (Edhasa, abril 2006) y no he podido resistirme a dedicarle un post.
Si las “Crónicas del Señor de la guerra” narraban las peripecias del caballero Arturo y sus intentos por mantener unidos a los britanos frente a la invasión sajona; “The Saxon Stories” (me gusta más el título original que el nombre que le han dado en castellano) nos cuenta el legado que dejó el Rey Alfredo “el Grande”, quien luchó contra los daneses que intentaron colonizar y saquear la isla. Y este mismo rey también fue el que empezó a crear esa entidad política a la que llamaron Englaland. Pero Alfredo (a diferencia de Arturo) era un rey enclenque y enfermizo (al parecer, tuvo la enfermedad de Crohn –dolorrrr–), así que el autor se saca de la manga al guerrero Uhtred, narrador y protagonista de esta historia.
Ni que decir tiene que era realmente difícil superar a las crónicas del señor de la guerra, y la verdad es que esta primera entrega de “The Saxon Stories” es más floja que “El Rey del invierno”. De hecho, la mayor parte del libro parece más bien un preámbulo de algo más grande que ha de llegar después. Los acontecimientos se suceden con excesiva rapidez y la cantidad de personajes que presenta puede desconcertar al lector más despierto. Hasta la mitad del libro, todo consiste en un ir y venir de daneses de un lado a otro de la isla británica, decenas de batallas narradas en menos de diez líneas cada una, nombres de lugares y personajes extraños y confusos… Afortunadamente, todo esto cambia a partir de la segunda mitad del libro, en el que el ritmo se vuelve más pausado, más descriptivo y los personajes van ganando carisma (sin llegar a alcanzar, de momento, el que rezumaban Lord Derfel, Arturo, Merlín o Nimue).
Con las “Crónicas…” aprendí mucho del druidismo, el paganismo y sus tensiones con el cristianismo. Aquí uno aprende lo suyo de mitología nórdica-vikinga (Odín, Thor, el Valhalla, Midgard, Asgard…). No deja de ser interesante este aspecto de la novela.

Lo dicho: probablemente Bernard Cornwell no vuelva a escribir nada tan redondo como las “Crónicas del Señor de la guerra”, aun así merece la pena seguir de cerca esta nueva trilogía, que ciertamente, por su estructura y personajes, recuerda bastante a las historias de Arturo. Además, por ahí dicen que la segunda entrega: “Svein, el del caballo blanco” (The Pale Horseman) está mucho mejor, así que… como también lo tengo por las vastas estanterías de mi habitación, probablemente comience a leerlo esta noche mismo. Ya os contaré qué tal.
La tercera entrega fue publicada en el 2006 en UK y US, y su título es “The Lords Of the North”, que aquí será traducido como le salga de los cojones a la editorial, por supuesto (calculo que para la campaña navideña ya estará a la venta en España).
Por cierto, no puedo dejar pasar la oportunidad para opinar respecto a la traducción realizada por Libertad Aguilera Ballester: floja, para mi gusto. Zafia y parca en contenido y léxico, quizás poco rigurosa… O eso, o Bernard Cornwell escribe peor que hace diez años, lo cual parece bastante improbable.

ACTUALIZACIÓN (27/06/07): Acabo de concluir la lectura de "Svein, el del Caballo Blanco" y os puedo asegurar que está bastante más logrado e interesante que "El Último Reino". El ritmo de la narración es más pausado y equilibrado, y por fin las grandes batallas entre sajones y vikingos se recrean como Dios manda. En cuanto a la traducción... quizá fui un poco duro con la pobre traductora (o en esta segunda entrega se ha esmerado más); aun así hay cositas que chirrían como «Era oscuro, aunque una niebla envolvía la media luna» o «Yo estaba seguro de que la estaba llenando las entendederas de cristianismo...» (es que el laísmo me saca de mis casillas, lo siento).

En cualquier caso, estamos ante la confirmación de una buena saga épica. ¿Y... y los normandos? ¿dónde se han metido?

NUEVA ACTUALIZACIÓN (27/06/08): Se ha ralentizado considerablemente el ritmo de publicación de esta saga en España. The Lords of the North fue publicado en USA y Reino Unido hace casi dos años. Desconozco los motivos del retraso por parte de la editorial Edhasa. Además, aprovecho el momento para rectificar y decir que no estamos ante una trilogía sino ante una saga abierta, pues ya se ha publicado también en esos países la cuarta entrega con el título de Sword Song.

lunes, abril 30, 2007

La Catedral de las mentiras

Ya sabéis lo mucho que odio leer ese tipo de novelas en las que el rigor histórico brilla por su ausencia. El problema de Dan Brawn es que tiene la imaginación de un niño de 5 años y por eso no tiene ningún reparo en salvar su ignorancia inventándose lo que le viene en gana. Pero la cosa cambia mucho cuando los errores históricos de una novela se han cometido con la sospechosa intencionalidad de reescribir la historia. Éste es el caso reciente del señor Ildefonso Falcones, autor de "La Catedral del mar".

Con la Chunta hemos topado

CHA, además de ser las siglas de la Comunidad Homosexual Argentina, es también el partido nacionalista de izquierdas aragonés, Chunta Aragonesista. Pues CHA es el grano en el culo (valga la expresión) que le ha salido a Ildefonso Falcones.

Chobentú-Jóvenes de CHA ha elaborado un informe en el que se denuncia la visión catalanista que, dicen, ofrece en su trasfondo histórico el libro “La Catedral del Mar”. Esto de "visión catalanista" no es más que un eufemismo o acaso un error en la calificación del asunto. Sobre la realidad de los acontecimientos históricos pueden existir diversas visiones, distintas lecturas, etc. Pero lo que ocurrió de una manera, sucedió así y no hay más vuelta de hoja. Y lo contrario es mentir o "inventarse otra realidad distinta" (otro eufemismo para calificar al Sr. Falcones de mentiroso, pero de un modo light).

Pedro IV por Pedro III. Gritos de los almogávares que jamás existieron, por otros que sí se cometían y que no aparecen. La conquista de Cerdeña y de Mallorca. Sustituir el Condado de Barcelona o la Corona de Aragón por el Reino de Cataluña. Denominar a los grandes señores de Aragón como pertenecientes al Reino de Cataluña... Decir este tipo de cosas no es tener una "visión catalanista" de la historia de España si no, directamente, mentir.

CHA denuncia la cantidad de datos que están completamente tergiversados y manipulados en la novela La Catedral del Mar, el mayor éxito literario del año pasado en España. Por este motivo, la organización juvenil de Chunta Aragonesista va a remitir en los próximos días una carta a la editorial del libro, Plaza&Janés, en la que le emplaza a corregir esos errores que afectan a la identidad aragonesa, que se obvia y se atribuyen ciertas cuestiones históricas como acciones catalanas, como, también, por ejemplo, el Compromiso de Caspe, en el que no queda claro el papel aragonés.

Además de la carta, se remitirá un informe de 34 páginas en las que su autor, Manuel Sancho, argumenta los errores que aparecen. Dejando muy claro que desde CHA no hay ninguna manía, sino todo lo contrario, por lo catalán, la formación quiere transmitir el malestar suscitado por "cientos de lectores aragoneses" que han visto "menospreciada una parte de su identidad".

Y estamos nada menos que ante la novela de mayor éxito en España, ahí es nada. Luego que los "Best-Seller" tiene mala fama...
Ildefonso Falcones, el padre de la criatura orgulloso del producto de su "arte" y oficio

martes, abril 03, 2007

'El club gastronómico'

Decidí comprar este libro tras leer una estupenda crítica en el diario EL MUNDO. Presentaban a Saskia Noort como la nueva promesa de la novela negra, y destacaban el hecho de que los protagonistas de sus libros no son detectives ni policías, sino personas normales y corrientes que deciden investigar por su cuenta. La verdad, me pareció interesante.
Nada más empezar a leerlo me di cuenta del gran timo. La Sra. Noort no es que escriba muy bien (o quizás sea problema de la traducción, vaya usted a saber), lo cual le lleva a describir torpemente las situaciones supuestamente “tensas”. Francamente, la descripción del incendio en las primeras páginas del libro es tan artificial que ya dan ganas de dejarlo. Pero hasta el último momento mantuve la esperanza de encontrarme con algo sorprendente en esta obra.
Karen, la protagonista, es sin duda lo mejor de la novela. Aun así, se estremece demasiadas veces (una pequeña muestra de los escasos recursos de Saskia Noort).
La escritora insiste en subrayar la importancia de guardar las apariencias, de "la obligación” de encajar en la sociedad y, en definitiva, del eterno qué dirán. Pero de suspense, cero pelotero. Bueno, a partir de la pág, 200 (el libro tiene 268 págs.) Karen empieza a sospechar que algo huele mal y decide investigar por su cuenta y riesgo.
La trama da unos cuantos giros nada inesperados, por cierto. Además, los integrantes del Club gastronómico son más alcohólicos que la generación botellón y hay mucho folleteo mal escrito. El libro tiene algún momento bueno, pero eso no logra tapar la gran mentira que rodea toda la promoción de semejante bodrio.
Un simpático crítico nos dice en la portada que ‘El club gastronómico’ es un "retrato moral y a la vez una sátira mordaz". En fin, retrato moral sí. Pero yo lo de sátira mordaz no lo veo por ninguna parte, lo siento. Para colmo, Saskia Noort parece escribir expresamente para el público femenino, dando por sentado que las mujeres necesitan que los libros estén escritos de manera diferente, lo cual no deja de ser una torpeza más por su parte (además de ser denigrante para la mujer).
Afortunadamente, la novela se lee rápido y me la pude ventilar en cuatro noches. Como podéis ver, sólo hago reseñas de los libros/películas que me han gustado especialmente o me han defraudado; en este último caso, la crítica que le dedico es mala en todos los sentidos.

martes, marzo 27, 2007

‘Umibe no Kafuka’ (海辺のカフカ)

Son las 00:25 de la noche. Mientras mi perro de 8 kgs. ronca como un San Bernardo, yo concluyo la lectura de la mejor novela del año 2005, según el New York Times, ‘Kafka en la orilla’ (novela que hasta noviembre del 2006 no fue publicada en castellano). Ya había leído algo de este autor, pero sin duda con esta novela Haruki Murakami alcanza su punto más álgido. Leyendo las obras de este señor de 58 años, uno comprueba con satisfacción que en el Japón moderno no todo es manga, tecnología, videojuegos, real-dolls y scat-girls (y que conste que de los tres primeros ejemplos yo también soy o he sido consumidor). En fin, tampoco es que sea la novela perfecta, ni mucho menos, pero sí que está muy por encima de la media.
Veamos, en ‘Kafka en la orilla’ se entrecruzan dos historias diferentes. En primer lugar tenemos al joven Kafka Tamura, que se escapa de casa al cumplir los 15 años. Por muy irónico que parezca, su padre le hizo una profecía-maldición. “No es la persona la que elige su destino, sino el destino el que elige a la persona”. En fin, una peculiar adaptación de la tragedia clásica de ‘Edipo Rey’, de Sófocles. Kafka viaja en compañía de un joven llamado Cuervo (algo así como su conciencia, ni más ni menos), y cargado con una mochila en la que lleva “todo lo que necesita”. Desde el distrito de Nakano (Tokio), emprende su viaje hasta Takamatsu (sur de Japón), y en su camino se cruzan diversos personajes: Sakura, Ôshima y, sobre todo, la misteriosa señora Saeki.
Pronto nos damos cuenta de que Kafka es un joven metódico, descriptivo y escrupuloso. Los pasajes del libro protagonizados por este chico están plagados de adjetivos y descripciones, aparentemente inútiles (por ejemplo, una página entera para describir el aspecto físico y la ropa de Sakura), pero que ayudan a comprender un poco más el mundo interior del protagonista.
Por otro lado el autor nos narra la historia de Satoru Nakata, un señor de 60 años que de niño sufrió un accidente a causa de un experimento durante la II Guerra Mundial, del que salió con graves secuelas. Genial. Las páginas en las que intervienen Nakata y su fiel amigo Hoshino son extraordinarias, con un estilo muy cercano a la fábula clásica. Me ahorraré destriparles la trama, y tampoco quiero hablar de las insólitas habilidades de Nakata. Si tienen curiosidad, léanse el libro.
A mí me ha resultado una lectura tremendamente amena, pero vamos, tampoco se esperen el típico best-seller que viene masticado y casi digerido (las últimas 100 págs. son algo "complicadillas"). A veces uno tiene la sensación de que Murakami se propone trasladar el folklore tradicional japonés al estilo de vida moderno. Sus alusiones a las leyendas de espíritus vivos o “Genji Monogatari” (de la época Heian, años 784-1185) y leyendas de guerreros samuráis “Ugetsu Monogatari” (época Edo, 1615-1868) no son referencias gratuitas. El universo Murakami es un lugar plagado de laberintos, metáforas y mundos paralelos. Metaficción surrealista, género que acabo de improvisar (no sé si existe ya o no), pero que le queda como anillo al dedo a ‘Kafka en la orilla’.
Qué más, qué más... ¡Ah! Pues la sexualidad de Kafka Tamura y, en general, la espontaneidad con la que eyaculan los personajes creados por Murakami (en fin, lo digo porque recuerdo que en ‘Tokio Blues’, Watanabe también eyaculaba como hacen los personajes de la vida real, vamos, nada nuevo, pero es una constante que no deja de llamarme la atención). Los continuos análisis y reflexiones sobre Beethoven, Haydn, Schubert, Truffaut... son los típicos tics de muchos escritores modernos, aunque la verdad es que a Murakami no le vendría nada mal crearse un blog para soltar todas estas parrafadas y no engordar gratuitamente sus novelas. Otra de las constantes en la obra de Murakami son el surrealismo y los personajes freaks que pululan por sus páginas. Ôshima y el simpático Nakata son bastante freaks (que no frikis), Midori, la joven amiga de Watanabe en ‘Tokio Blues’, también era una pieza bastante rarita, etc.
Pero vamos, que es una novela muy interesante y muy recomendable. No soy de los que otorga puntuaciones a los libros, pero si tuviera que calificarla del 1 al 10, creo que le pondría un 8 bien merecido.

Aquí tenéis otra reseña que colgué hace unos cuantos meses:

http://elblogdelordderfel.blogspot.com/2006/12/kafka-en-la-orilla.html